Aquí estamos de nuevo después de dos meses sin hacer caso al blog. En mi contrato no dice nada respecto a la periodicidad con la que he de escribir estas entradas así que, cuando no necesito dinero, me dedico a vivir la vida en vez de contarla. ¿Seré la reencarnación de algún periodista borrachín?
El caso es que después de una relación de odio-odio, estoy a punto de abandonar mi actual trabajo enmedio de la peor crisis económica de la historia reciente en este país. En estas circunstancias y debido también a mi edad, dominio de idiomas extranjeros y mis escasos conocimientos en ninguno de los campos del saber, las posibilidades reales de encontrar otro empleo son absolutamente inexistentes, lo cual hace que sea este el momento perfecto y la oportunidad pintiparada para pasar a una vida de reposo que me permita, por fin, engordar un poco.
No tengo decidido lo que haré a partir de la hora en que mis jefes, con lagrimas en los ojos, me digan que la empresa ha decidido prescindir de mis servicios, pero lo que tengo claro es que, haga lo que haga, no será como para que me den calambres en las extremidades. Vamos, que entre mis planes de futuro no entra el esforzarme, ni estresarme, ni agobiarme, ni cansarme demasiado. Mi intención es vivir ciento y pico años, quiero ver quebrar a la seguridad social y que el Zaragoza gane la liga. De todos modos, en cuanto tome una decisión en firme, la cambiaré dos o tres veces, y seréis los primeros en enteraos. Seguir leyendo este blog.
No quiero hacerme el chulico pero realmente no necesito trabajar. He estado haciendo mis cálculos durante varios años y he llegado a la conclusión de que necesito trescientos euros de vellón para pasar un mes sin estrecheces (febrero, menos). Eso son diez pavos al día: dos para comer, dos para cenar, dos para facturas, dos para cervezas y dos por si acaso. Teniendo techo y sin necesidad de comprar ropa, ya que no he de crecer más, creo que los cálculos no tienen punto débil por donde atacarles. ¿Y los trescientos euros?, muy tonto ha de ser uno para no conseguirlos, no han de faltarme recursos para ello y, a una mala, creo que en Telepizza ganan incluso más.
Así pues estoy cerca de dar el gran salto, de alcanzar la tranquilidad de cuerpo y alma, el más absoluto de los aburrimientos, la tan ansiada libertad laboral que hasta ahora solo intermitentemente había disfrutado, cerca de la felicidad, de la armonía con el universo, de la paz y la amistad.
¿Será suficiente para que mi alma deje de estar atormentada?
Continuará...
martes, 19 de junio de 2012
sábado, 14 de abril de 2012
Lo que pasó
Este escrito hace el número cincuenta de entre los que pueblan este blog. Aproximadamente un año y medio después de iniciar la experiencia de contar para quien quiera leer, heme aquí alumbrando la criatura cuyo nombre forzosamente ha de empezar por la letra "L". Cincuenta piezas que, recomponiendo sin demasiado cuidado, habrían de encajar en lo que configura la personalidad del que escribe. No la totalidad, me temo, pero sí la parte que menos pudor me ha dado hacer pública. Lo más conflictivo, polémico, arriesgado e incluso desasosegante de mi ser está reservado para las personas que más me frecuentan, mal que les pese.
Año y medio es un periodo de tiempo largo, o corto, o ni una cosa ni la otra, según se mire; pero en semejante cantidad de días suelen pasar muchas cosas. Unas dejan más huella que otras, algunas pasan desapercibidas de momento pero más tarde notamos su efecto con más fuerza de lo que parecía en un principio, otras en cambio, que parecían demoledoras en su gestación, se tornan insignificantes con la sola acción del paso del tiempo cuya exclusiva intervención resuelve gran cantidad de problemas. Así pues: cosas buenas, cosas malas y, la mayoría: ni frío, ni calor.
En este tiempo y para la mayoría de la gente, al menos en este país, si ha habido un asunto estrella, algo que casi monopolizase las conversaciones en los bares, en los ascensores, en el trabajo; un tema candente que ha llegado a desplazar incluso al fútbol y que sigue estando más de actualidad cada día que pasa ese es, sin duda, la crisis. Por supuesto hablo de crisis económica, pues sabido es que, aunque hay otros tipos de crisis, la que importa es ésta, la que tiene que ver con las perricas, ¡dónde vas a comparar! Y, en este año y medio, ¿qué hemos avanzado en la dichosa crisis? Lo que avanza el cangrejo. Parece claro que de ésta salimos todos más pobres y con algunas cosas que parecían intocables, no solo tocadas, sino manoseadas incluso. Menos mal que es solamente una crisis económica, ¡nada que ver con la crisis de los cuarenta!
Personalmente, en este año y medio, me han pasado muchas cosas y no todas agradables por cierto, pero en general, poniendo en una balanza las unas y las otras, las que me gustaría que no hubiesen acabado nunca y las que me procuraron algún quebradero de cabeza, gana lo positivo, y por goleada. Sigo viendo la vida como una aventura en la que cada día pueden ocurrir mil y una situaciones inesperadas, mi mentalidad dista poco de la de aquel joven recién salido de la adolescencia al que casi todo ha sonreído en la vida, muchas veces sin merecerlo (creo) y, de momento, sigo teniendo hambre de avanzar, de conocer, de vivir. Lo que no me apetece tanto es lo que digo siempre...
...Y lo que siempre callo.
Continuará...
Año y medio es un periodo de tiempo largo, o corto, o ni una cosa ni la otra, según se mire; pero en semejante cantidad de días suelen pasar muchas cosas. Unas dejan más huella que otras, algunas pasan desapercibidas de momento pero más tarde notamos su efecto con más fuerza de lo que parecía en un principio, otras en cambio, que parecían demoledoras en su gestación, se tornan insignificantes con la sola acción del paso del tiempo cuya exclusiva intervención resuelve gran cantidad de problemas. Así pues: cosas buenas, cosas malas y, la mayoría: ni frío, ni calor.
En este tiempo y para la mayoría de la gente, al menos en este país, si ha habido un asunto estrella, algo que casi monopolizase las conversaciones en los bares, en los ascensores, en el trabajo; un tema candente que ha llegado a desplazar incluso al fútbol y que sigue estando más de actualidad cada día que pasa ese es, sin duda, la crisis. Por supuesto hablo de crisis económica, pues sabido es que, aunque hay otros tipos de crisis, la que importa es ésta, la que tiene que ver con las perricas, ¡dónde vas a comparar! Y, en este año y medio, ¿qué hemos avanzado en la dichosa crisis? Lo que avanza el cangrejo. Parece claro que de ésta salimos todos más pobres y con algunas cosas que parecían intocables, no solo tocadas, sino manoseadas incluso. Menos mal que es solamente una crisis económica, ¡nada que ver con la crisis de los cuarenta!
Personalmente, en este año y medio, me han pasado muchas cosas y no todas agradables por cierto, pero en general, poniendo en una balanza las unas y las otras, las que me gustaría que no hubiesen acabado nunca y las que me procuraron algún quebradero de cabeza, gana lo positivo, y por goleada. Sigo viendo la vida como una aventura en la que cada día pueden ocurrir mil y una situaciones inesperadas, mi mentalidad dista poco de la de aquel joven recién salido de la adolescencia al que casi todo ha sonreído en la vida, muchas veces sin merecerlo (creo) y, de momento, sigo teniendo hambre de avanzar, de conocer, de vivir. Lo que no me apetece tanto es lo que digo siempre...
...Y lo que siempre callo.
Continuará...
jueves, 29 de marzo de 2012
Cosas del viajar
Viajar está muy bien. Le ayuda a uno a tomar distancia con la rutina diaria, le abre la mente y permite conocer nuevos lugares con sus nuevas gentes y paisajes. También tiene sus inconvenientes, y no pequeños: casi siempre hay que arrastrar una maleta que pesa más de lo que debería, se suele echar de menos la almohada propia y la comida termina cansando a partir del segundo día (yo vuelvo siempre deseando comer borraja). Vamos, que el viajar tiene sus pros y sus contras, como todo en la vida.
Todo esto y algunas otras cosas todavía más insustanciales, pensaba yo hace una semana cuando pasé cuatro días en Barcelona. Buen tiempo, muchos turistas y ni rastro de crisis (me refiero a la económica).
El rato más divertido que disfruté fue en el barrio del Raval, lo que antes se conocía como barrio chino y que protagonizó, incluso, una memorable canción de Radio Futura. Este barrio tenía antaño una fama regular tirando a mala pero ahora, según la propaganda oficial, no es más que un crisol de culturas y una amalgama de civilizaciones conviviendo en ejemplar armonía.
Con estos precedentes me adentré por sus callejuelas sin rumbo definido y a las once de la mañana, o sea, que todavía era de día. Y esto es lo que encontré, de más a menos numeroso: drogadictos, putas y policías. En cuanto ví el percal fingí la pose del que no las tiene todas consigo, intente parecer más alto y más fuerte de lo que en realidad soy, con el objeto de intimidar a los posibles intimidadores que por allí anduviesen y, a lo que parece, lo conseguí ya que, excepto las putas, nadie me hizo ni caso.
Los drogadictos a los que me refiero eran los típicos drogadictos, los de postal, los que todo el mundo identificaría como tales: flacos flacos, sin dientes y con mirada entre triste y perdida. Y las putas, ¡ay, las putas! Me acercaba de frente a un callejón estrecho y de unos cien metros de largo con un ejército de señoritas apostadas a ambos lados y yo, por parecer hombre de mundo y por no dejarme intimidar ante tal cantidad de minifaldas tres tallas menores de lo que el mínimo gusto estético exigiría, decidí seguir adelante.
Intenté no acelerar el paso, no parecer nervioso y cohibido; llevaba gafas de sol y eso creo que ayudó. El caso es que ante mi sorpresa las profesionales no me dijeron ni una palabra al pasar entre tamaño amontonamiento de carne; me miraban, sonreían con una cierta sorna pero lo que es hablar, solo hablaban entre ellas. Esto me resultó extraño y reconozco que anduve reflexionando sobre el caso durante un buen rato, hasta que al final dí con la clave.
Había disimulado tan bien y con tanta profesionalidad mi condición de turista en barrio poco recomendable, que me habían confundido con un policía.
Continuará...
Todo esto y algunas otras cosas todavía más insustanciales, pensaba yo hace una semana cuando pasé cuatro días en Barcelona. Buen tiempo, muchos turistas y ni rastro de crisis (me refiero a la económica).
El rato más divertido que disfruté fue en el barrio del Raval, lo que antes se conocía como barrio chino y que protagonizó, incluso, una memorable canción de Radio Futura. Este barrio tenía antaño una fama regular tirando a mala pero ahora, según la propaganda oficial, no es más que un crisol de culturas y una amalgama de civilizaciones conviviendo en ejemplar armonía.
Los drogadictos a los que me refiero eran los típicos drogadictos, los de postal, los que todo el mundo identificaría como tales: flacos flacos, sin dientes y con mirada entre triste y perdida. Y las putas, ¡ay, las putas! Me acercaba de frente a un callejón estrecho y de unos cien metros de largo con un ejército de señoritas apostadas a ambos lados y yo, por parecer hombre de mundo y por no dejarme intimidar ante tal cantidad de minifaldas tres tallas menores de lo que el mínimo gusto estético exigiría, decidí seguir adelante.
Intenté no acelerar el paso, no parecer nervioso y cohibido; llevaba gafas de sol y eso creo que ayudó. El caso es que ante mi sorpresa las profesionales no me dijeron ni una palabra al pasar entre tamaño amontonamiento de carne; me miraban, sonreían con una cierta sorna pero lo que es hablar, solo hablaban entre ellas. Esto me resultó extraño y reconozco que anduve reflexionando sobre el caso durante un buen rato, hasta que al final dí con la clave.
Había disimulado tan bien y con tanta profesionalidad mi condición de turista en barrio poco recomendable, que me habían confundido con un policía.
Continuará...
jueves, 1 de marzo de 2012
Déficit de atención
La primavera ha quedado inaugurada esta semana. Con adelanto sobre la oficialidad, es verdad, pero en cuanto hace sol, temperatura agradable y no sopla el cabrón de cierzo que caracteriza a esta ciudad en que se desarrolla la mayor parte de mi peripecia vital, empieza para mí la epoca más bonita del año.
¿Cómo celebro semejante evento? En estas semanas trabajo por la tarde lo que, madrugando, me deja bastante tiempo por la mañana para dedicarlo a mi persona. A media mañana cojo un libro y me voy a alguna terraza en cualquier plaza soleada a dedicarle mi atención. O eso es al menos lo que me gustaría.
La gente, tomada en general, no es tonta, aunque a veces admitiría de buena gana que alguien reforzase en mí esa creencia y, como no es tonta, tiene algunas costumbres muy interesantes entre las que podemos encontrar el sentarse en terrazas de plazas soleadas cuando el tiempo acompaña. Siendo así que algunas de mis costumbres son las mismas que las de otras personas, no podemos evitar coincidir sentados en las ya mencionadas terrazas soleadas y, mientras intento leer algún rollo cualquiera escrito por algún chalado, no puedo evitar que una buena parte de mi atención flote hasta la mesa de al lado y la conversación me absorba.
Cada día es una nueva aventura y, dependiendo de la suerte que me deparen mis vecinos (no sé porqué, pero es más fácil que sean vecinas) tengo la oportunidad de aprender montones de cosas interesantes. Hoy, por ejemplo, se ha celebrado pegado a mi espalda un congreso de psicólogas poniendo en común algunas teorías para el tratamiento de ciertas "deficiencias de cariño en edad infantil" y ha estado la mar de interesante, ¡qué vehemencia a la hora de exponer las opiniones!, ¡cómo se quitaban la palabra las unas a las otras!; me he sentido enmedio de una tertulia de Intereconomía.
Ayer no tuve tanta fortuna. A mi lado disertaban dos adolescentes de unos 25 años, chicas, con gran volumen de voz y conversación monotemática. Hasta ese momento no entendí lo importantes que somos los chicos para las chicas y, a la vez, lo fácilmente sustituibles que les resultamos. Eso sí, creo que solo les interesaban los chicos guapos y parecían bastante felices. Me gustaría ver con quien acaban emparejadasdehecho y si entonces siguen pareciendo felices.
Otro grupo social con el que es fácil coincidir en estas cuitas son las personas mayores de sexo femenino, lo que antes se llamaban viejecitas (¿dónde estarán los viejecitos? ¡glup!) y la conversación te puede servir para dos cosas: bien te especializas en nombres de pastillas asociadas con todo tipo de enfermedades imaginables, o bien en dolores de todas las partes del cuerpo. Entre que saben los nombres de todas las pildoras existentes, supongo que drogas variadas incluidas, y que lo que no le duele a una, le duele a la otra, una hora a su lado equivale a curso y medio en la facultad de medicina.
Con estas distracciones y alguna otra que pasa de vez en cuando, cada vez leo menos y pienso más.
Es un decir.
Continuará...
¿Cómo celebro semejante evento? En estas semanas trabajo por la tarde lo que, madrugando, me deja bastante tiempo por la mañana para dedicarlo a mi persona. A media mañana cojo un libro y me voy a alguna terraza en cualquier plaza soleada a dedicarle mi atención. O eso es al menos lo que me gustaría.
La gente, tomada en general, no es tonta, aunque a veces admitiría de buena gana que alguien reforzase en mí esa creencia y, como no es tonta, tiene algunas costumbres muy interesantes entre las que podemos encontrar el sentarse en terrazas de plazas soleadas cuando el tiempo acompaña. Siendo así que algunas de mis costumbres son las mismas que las de otras personas, no podemos evitar coincidir sentados en las ya mencionadas terrazas soleadas y, mientras intento leer algún rollo cualquiera escrito por algún chalado, no puedo evitar que una buena parte de mi atención flote hasta la mesa de al lado y la conversación me absorba.
Cada día es una nueva aventura y, dependiendo de la suerte que me deparen mis vecinos (no sé porqué, pero es más fácil que sean vecinas) tengo la oportunidad de aprender montones de cosas interesantes. Hoy, por ejemplo, se ha celebrado pegado a mi espalda un congreso de psicólogas poniendo en común algunas teorías para el tratamiento de ciertas "deficiencias de cariño en edad infantil" y ha estado la mar de interesante, ¡qué vehemencia a la hora de exponer las opiniones!, ¡cómo se quitaban la palabra las unas a las otras!; me he sentido enmedio de una tertulia de Intereconomía.
Ayer no tuve tanta fortuna. A mi lado disertaban dos adolescentes de unos 25 años, chicas, con gran volumen de voz y conversación monotemática. Hasta ese momento no entendí lo importantes que somos los chicos para las chicas y, a la vez, lo fácilmente sustituibles que les resultamos. Eso sí, creo que solo les interesaban los chicos guapos y parecían bastante felices. Me gustaría ver con quien acaban emparejadasdehecho y si entonces siguen pareciendo felices.
Otro grupo social con el que es fácil coincidir en estas cuitas son las personas mayores de sexo femenino, lo que antes se llamaban viejecitas (¿dónde estarán los viejecitos? ¡glup!) y la conversación te puede servir para dos cosas: bien te especializas en nombres de pastillas asociadas con todo tipo de enfermedades imaginables, o bien en dolores de todas las partes del cuerpo. Entre que saben los nombres de todas las pildoras existentes, supongo que drogas variadas incluidas, y que lo que no le duele a una, le duele a la otra, una hora a su lado equivale a curso y medio en la facultad de medicina.
Con estas distracciones y alguna otra que pasa de vez en cuando, cada vez leo menos y pienso más.
Es un decir.
Continuará...
jueves, 16 de febrero de 2012
Quehaceres diarios
En la vida hay que trabajar para ganarse el sustento, hay que viajar para cultivarse y conocer nuevas formas de ver el mundo, hacer ejercicio si queremos envejecer físicamente de forma lustrosa, leer o hacer crucigramas o resolver sudokus (ya no tan de moda, ultimamente) o jugar al ajedrez si queremos envejecer intelectualmente de forma lustrosa; hay que dormir para que cuerpo y mente descansen de todo lo anterior, relacionarse con los demás para mantener la salud psíquica, hay que dedicar al menos unos minutos al día a la higiene personal por el bien de nuestros semejantes, hemos de hacer más o menos tareas domésticas ya que no suelen hacerse solas, hay que trasladarse de un sitio a otro para realizar las distintas actividades diarias, mantener relaciones sexuales bien para procrear o bien para solaz y esparcimiento del indivíduo, pareja o grupo implicado; hay que ver la televisión y los correos electrónicos que inundan los ordenadores, hay que estar al día de las novedades, no científicas o culturales, que esas no hace falta conocerlas para vivir, hay que ir al bar o a la iglesia o al cine y hay que reflexionar algún momento sobre los próximos pasos a dar. Todo esto, y algunas cosas más, hemos de hacer en la vida.
¿Qué mierda de libertad es ésta?
Continuará...
¿Qué mierda de libertad es ésta?
Continuará...
jueves, 2 de febrero de 2012
La hamburguesería
Ayer salimos a cenar. Fuimos a una hamburguesería y la hamburguesa estaba buena. El ambiente era ruidoso ya que al poco tiempo de llegar nosotros se llenó el local, además, no pude evitar observar los usos y costumbres de las personas acomodadas en las dos mesas que tenía enfrente, en las que había representantes de dos grupos sociales totalmente distintos.
En una de estas mesas teníamos a tres jóvenes menores de treinta años, dos chicos y una chica, los cuales tenían sus tres teléfonos móviles en las manos y no paraban de darles uso. No piensen que hablaban con nadie, hoy en día los telefonillos ya no se usan para hablar, para sacarles partido hay que tener dedos y además, ágiles. Tan embebidos andaban en sus cuitas que dudo mucho se fijasen si el camarero les metió hamburguesas o no entre el pan, y con semejante trajín me pregunto, ¿qué provecho le sacaron a la cena?
En la otra mesa que mi visión dominaba había un grupo de cuatro chicas, mayores de cuarenta creo, y no, estas no tenían el móvil a la vista, lo que me llamó la atención fue lo que cenaron. En mi mesa, para mi mujer y para mí, se podía ver una ensalada y dos bocadillos de hamburguesa. En su mesa, para las cuatro, podía verse una ensalada y dos bocadillos (uno de hamburguesa y el otro no). Una de ellas daba cuenta del bocadillo de hamburguesa, otra, de la ensalada y las otras dos compartían el bocadillo indefinido. La que comía el bocadillo de hamburguesa no lo terminó, al fin y al cabo su cabeza tenía el mismo tipo de calculadora científica de calorías ingeridas que las cabezas de sus amigas, y con tanto cálculo me pregunto, ¿qué provecho le sacaron a la cena?
En mi mesa estábamos mi mujer y yo como ya he dicho antes, ella esperando que le dijese "algo bonito" mientras daba cuenta de su hamburguesa con queso y yo ocupado en la observación sociológica de los vecinos de las otras mesas, concluyendo que mi adaptación a la vida en sociedad todavía dista mucho de ser completa, mientras masticaba mi hamburguesa sin queso, y con estas preocupaciones les pregunto, ¿qué provecho le sacamos a la cena?
Evidentemente no les recomiendo que vayan a ese restaurante. Dudo mucho que la cena les resultase provechosa.
Continuará...
En una de estas mesas teníamos a tres jóvenes menores de treinta años, dos chicos y una chica, los cuales tenían sus tres teléfonos móviles en las manos y no paraban de darles uso. No piensen que hablaban con nadie, hoy en día los telefonillos ya no se usan para hablar, para sacarles partido hay que tener dedos y además, ágiles. Tan embebidos andaban en sus cuitas que dudo mucho se fijasen si el camarero les metió hamburguesas o no entre el pan, y con semejante trajín me pregunto, ¿qué provecho le sacaron a la cena?
En la otra mesa que mi visión dominaba había un grupo de cuatro chicas, mayores de cuarenta creo, y no, estas no tenían el móvil a la vista, lo que me llamó la atención fue lo que cenaron. En mi mesa, para mi mujer y para mí, se podía ver una ensalada y dos bocadillos de hamburguesa. En su mesa, para las cuatro, podía verse una ensalada y dos bocadillos (uno de hamburguesa y el otro no). Una de ellas daba cuenta del bocadillo de hamburguesa, otra, de la ensalada y las otras dos compartían el bocadillo indefinido. La que comía el bocadillo de hamburguesa no lo terminó, al fin y al cabo su cabeza tenía el mismo tipo de calculadora científica de calorías ingeridas que las cabezas de sus amigas, y con tanto cálculo me pregunto, ¿qué provecho le sacaron a la cena?
En mi mesa estábamos mi mujer y yo como ya he dicho antes, ella esperando que le dijese "algo bonito" mientras daba cuenta de su hamburguesa con queso y yo ocupado en la observación sociológica de los vecinos de las otras mesas, concluyendo que mi adaptación a la vida en sociedad todavía dista mucho de ser completa, mientras masticaba mi hamburguesa sin queso, y con estas preocupaciones les pregunto, ¿qué provecho le sacamos a la cena?
Evidentemente no les recomiendo que vayan a ese restaurante. Dudo mucho que la cena les resultase provechosa.
Continuará...
domingo, 22 de enero de 2012
¡Eso es mentira!
¿Por qué mentimos tanto? Mentimos ante situaciones complicadas para intentar escabullirnos, en esas donde vemos que decir la verdad no puede traernos nada más que problemas y entendemos que falsear los hechos nos da una oportunidad de salir indemnes. Censurable pero comprensible. Lo que es más difícil de entender son las mentiras en cosas totalmente banales, allá donde nada nuestro corre peligro, el mentir como entretenimiento, ¿qué nos lleva a ello?
Así pues, mentir no es aconsejable ni desde el punto de vista moral, ni desde el punto de vista de la comodidad y el relajo en la vida diaria. Intentemos inculcar esto en la infancia a los niños (iba a escribir "y niñas" pero no me da la gana) Distingamos entre las mentirijillas que traman para sustentar sus imaginarias aventuras, totalmente necesarias en su formación, de las otras, de las que no pretenden más que eludir sus pequeñas responsabilidades no dudando, la mayor parte de las veces, en echar la culpa a cualquiera que tengan a mano. Hagamos que entiendan la gravedad del asunto, aunque solo sea por su bien futuro. Seguro que la convivencia entre todos no empeorará.
Esta reflexión, y otras peores, se me ocurrió después de hablar el otro día con el director de la oficina de mi banco. ¡Podría ser actor el jodido!
O político.
Continuará...
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