jueves, 2 de febrero de 2012

La hamburguesería

 Ayer salimos a cenar. Fuimos a una hamburguesería y la hamburguesa estaba buena. El ambiente era ruidoso ya que al poco tiempo de llegar nosotros se llenó el local, además, no pude evitar observar los usos y costumbres de las personas acomodadas en las dos mesas que tenía enfrente, en las que había representantes de dos grupos sociales totalmente distintos.

 En una de estas mesas teníamos a tres jóvenes menores de treinta años, dos chicos y una chica, los cuales tenían sus tres teléfonos móviles en las manos y no paraban de darles uso. No piensen que hablaban con nadie, hoy en día los telefonillos ya no se usan para hablar, para sacarles partido hay que tener dedos y además, ágiles. Tan embebidos andaban en sus cuitas que dudo mucho se fijasen si el camarero les metió hamburguesas o no entre el pan, y con semejante trajín me pregunto, ¿qué provecho le sacaron a la cena?

 En la otra mesa que mi visión dominaba había un grupo de cuatro chicas, mayores de cuarenta creo, y no, estas no tenían el móvil a la vista, lo que me llamó la atención fue lo que cenaron. En mi mesa, para mi mujer y para mí, se podía ver una ensalada y dos bocadillos de hamburguesa. En su mesa, para las cuatro, podía verse una ensalada y dos bocadillos (uno de hamburguesa y el otro no). Una de ellas daba cuenta del bocadillo de hamburguesa, otra, de la ensalada y las otras dos compartían el bocadillo indefinido. La que comía el bocadillo de hamburguesa no lo terminó, al fin y al cabo su cabeza tenía el mismo tipo de calculadora científica de calorías ingeridas que las cabezas de sus amigas, y con tanto cálculo me pregunto, ¿qué provecho le sacaron a la cena?

 En mi mesa estábamos mi mujer y yo como ya he dicho antes, ella esperando que le dijese "algo bonito" mientras daba cuenta de su hamburguesa con queso y yo ocupado en la observación sociológica de los vecinos de las otras mesas, concluyendo que mi adaptación a la vida en sociedad todavía dista mucho de ser completa, mientras masticaba mi hamburguesa sin queso, y con estas preocupaciones les pregunto, ¿qué provecho le sacamos a la cena?

 Evidentemente no les recomiendo que vayan a ese restaurante. Dudo mucho que la cena les resultase provechosa.

 Continuará...

domingo, 22 de enero de 2012

¡Eso es mentira!

 ¿Por qué mentimos tanto? Mentimos ante situaciones complicadas para intentar escabullirnos, en esas donde vemos que decir la verdad no puede traernos nada más que problemas y entendemos que falsear los hechos nos da una oportunidad de salir indemnes. Censurable pero comprensible. Lo que es más difícil de entender son las mentiras en cosas totalmente banales, allá donde nada nuestro corre peligro, el mentir como entretenimiento, ¿qué nos lleva a ello?

 Cuando alguien se acostumbra a faltar a la verdad lo hace en toda situación, sea cuestión grande o pequeña, importante o trivial, decisiva o intrascendente; en los asuntos nimios no se miente ya por intentar salvar el pellejo, sino por inercia y, algunas veces, el mentiroso se arrepiente de su mentira en el mismo momento en que la dice aunque sea ya tarde y pase a ser esclavo de ella. De tanto mentir se confunden ficción y realidad y, ya sabemos, para tapar una mentira hay que urdir varias más de forma que se hace muy trabajoso y solo factible para personalidades muy ordenadas, a poder ser de las que apuntan todo en libretitas, el ser un mentiroso de éxito (siempre relativo). En cuanto se falta a la verdad en un par de asuntos, más todas las mentiras accesorias para tapar aquellas, se acaba construyendo una realidad virtual, un mundo paralelo que, antes o después, suele terminar desmoronándose, amenazando incluso con llevarse por delante la salud mental del fabulador.

 Así pues, mentir no es aconsejable ni desde el punto de vista moral, ni desde el punto de vista de la comodidad y el relajo en la vida diaria. Intentemos inculcar esto en la infancia a los niños (iba a escribir "y niñas" pero no me da la gana) Distingamos entre las mentirijillas que traman para sustentar sus imaginarias aventuras, totalmente necesarias en su formación, de las otras, de las que no pretenden más que eludir sus pequeñas responsabilidades no dudando, la mayor parte de las veces, en echar la culpa a cualquiera que tengan a mano. Hagamos que entiendan la gravedad del asunto, aunque solo sea por su bien futuro. Seguro que la convivencia entre todos no empeorará.

 Esta reflexión, y otras peores, se me ocurrió después de hablar el otro día con el director de la oficina de mi banco. ¡Podría ser actor el jodido!

 O político.

 Continuará...

jueves, 12 de enero de 2012

Tonto el que (lo) lea

 No leas.

 Leer es peligrosísimo. Puede hacer que cambies algunas opiniones que llevaban contigo media vida, puede inocularte un veneno más potente que el de algunas sierpes, puedes encontrar en distintos libros (o, incluso, en el mismo) opiniones enfrentadas que te harán reflexionar y tomar partido, es adictivo, obliga a estar concentrado, fomenta la imaginación lo cual, en esta sociedad tan práctica no es sino un estorbo, hace que pierdas un tiempo precioso que podrías dedicar a ver series buenísimas en la televisión, navegar sin rumbo por la red, mandar guasaps o jugar a cualquier juego electrónico en tu ordenador, en tu móvil o, quizás pronto, en tu taza del váter.

 Por no hablar de la gente rarísima a la que todos los peligrosos peligros anteriores no impresionan, que, incluso, serían felices si pudiesen leer todo lo que se ha escrito durante todas los épocas en que se ha escrito, que hasta se quitan tiempo de ir a las rebajas para dedicarlo a su pasión y que sienten un amor por los libros que roza lo físico. Tarados, sin duda.

 Además las personas que tienen tan execrable costumbre corren el riesgo de llegar a la vejez con una mayor lucidez mental que las otras, luego, teniendo en cuenta lo bien que anda todo en el mundo y las razonables perspectivas de que la cosa empeore, es de agradecer el andar escasos de claridad en el entendimiento. Otra pega que apuntar en el debe del gusto por la lectura.

 ¿Has leído El conde de Montecristo, El nombre de la rosa o los Ensayos de Montaigne? No lo hagas, acepta mi consejo, podría absorberte el inframundo de la Literatura y no salir jamás de ahí. Podrías dejar de pensar en ganar más dinero que dedicar a cosas totalmente prescindibles y pasar a perder el tiempo leyendo, incluso podrías dejar de aburrirte y ¿qué pensarán entonces los vecinos?

 También he de reconocer que si me hiciesen leer de lunes a viernes (e incluso algunos sábados y domingos y festivos) durante ocho horas seguidas y fijas, por obligación, sin poder elegir el libro y aunque no me apeteciese, lo odiaría.

 ¿Cómo no voy a odiar mi trabajo?

 Continuará...

jueves, 5 de enero de 2012

La entrevista

 Hace un par de semanas, mientras caminaba, vi que iban a entrevistar a una persona y paré, todo lo discretamente que pude, a escuchar. Me acerqué al escaparate más cercano al entrevistado y me coloqué de forma que el oido mejor de los dos que tengo apuntase hacia la entrevista. Recuerdo haber entendido, más o menos, lo siguiente:

 - Buenos días, señor...
 - Alberto.
 - Don Alberto, ¿qué opinión le merecen las últimas declaraciones del director general del FMI respecto al alcance de la crisis en los paises del sur de Europa, su extensión en el tiempo y las medidas a adoptar?
 - Teniendo en cuenta que ese señor habla un perfecto inglés y que yo no entiendo el inglés cuando es tan perfecto, sí que me pareció oir la palabra "Spain", con lo cual me dio la sensación de saber de qué va el asunto y me merece gran confianza y respeto.
 - ¿Cree usted que habría que tomar algunas decisiones distintas a las hasta ahora ejecutadas en vista de que no se termina de ver la luz al final del túnel?
 - Sí.
 - ¿Podría concretar un poquito?
 - No.
 - Muchas gracias don Alberto pero, a pesar de la función de guardián del euro que desarrolla Alemania, ¿le parece que muestra una implicación suficiente en la resolución del problema?
 - Pienso que Alemania no debería tener tanto poder. Más bien debería de ser un país con menos tradición filosófica el que jugase ese papel. Por no hablar del tema de los ex-deportistas metidos a empresarios chungos ...
 - ¿A qué se refiere?
 - A nada en particular y a todos en general.
 - Volviendo al tema económico, señor, ¿en qué medida le está afectando a usted personalmente esta crisis, si es que le afecta?
 - A mí me está afectando bastante. Es una putada que suban las gasolinas y el pan, por ser estos productos básicos para la mayoría de la población. Además hay mucho paro y por algunas calles no se puede ni andar, sobre todo las que tienen oficinas de empleo, ja,ja,ja,ja.
 - Se toma usted este asunto, trágico para muchas familias, de una forma bastante curiosa...
 - Sí, yo soy así de chulo.
 - ¿Tiene usted, que parece persona instruida y sensible, alguna "receta" para solucionar la crisis?
 - No es tan difícil. Los políticos no lo resuelven porque están a otras cosas. Pero bueno, el banco central europeo tiene una máquina con la que hace los billetes, realmente supongo que habrá varias para hacer billetes diferentes. ¡Qué hagan más!, el doble, el triple...los que hagan falta. Una vez hechos pueden sortearlos para la gente que ande necesitada, como este sorteo que ha habido ahora en Navidad, y con el dinero que recauden comprar más máquinas de hacer billetes, hacerlos y repartirlos entre todos hasta que la gente quede satisfecha y... crisis resuelta. Creo que se puede acortar algún paso pero no estoy completamente seguro. En cuanto a la satisfacción de la gente, habría que acotarla de alguna manera ya que, sino, haríamos corto con todo el mineral de hierro de todos los planetas conocidos para fabricar suficientes máquinas de hacer billetes en número tal que satisficiesen a una sola de las personas con las que normalmente nos cruzamos por la calle.
 - Realmente parece una solución brillante en su sencillez, ¿a qué se dedica usted?
 - Soy funcionario de los de toda la vida, pero por las tardes invierto en bolsa por internet, por eso sé lo que me digo cuando hablo de economía.
 - Si me permite una última pregunta...
 - Faltaría más, ahora ya me voy soltando, ¡pregunte usted señorita, pregunte!
 - Me gustaría conocer su opinión respecto al equipo económico designado por el presidente del gobierno para intentar reconducir esta situación de cierre de empresas y paro creciente.
 - Pues mire usted, yo soy socialista, no tengo reparo en admitirlo y por lo tanto he de decir que todos esos ministros desprenden un cierto tufillo franquista pero, dicho esto, sí reconozco que la Sorayita es más guapa que nuestra Leire Pajín, lo cual me incapacita para emitir un juicio desapasionado e imparcial. También hay uno que se parece a Aznar, con lo que veo que no han empezado con buen pie. No les auguro más de ocho-doce años en el poder y espero que se equivoquen poco unos días para que todos vivamos mejor y mucho otros días para que pierdan las elecciones.
 - En fin, muchas gracias don Alberto.
 - Las suyas, señorita. Perdone, ¿cuándo publicarán la entrevista?
 - No puedo garantizarlo pero creo que el día 28 de diciembre sería muy adecuado.

 Y me pareció que el tal don Alberto se marchaba calle abajo tan ufano, henchido de orgullo y plenamente convencido de su superioridad moral e intelectual sobre la mayoría de conciudadanos.

 Continuará...

viernes, 30 de diciembre de 2011

Fin de año

 Se acabó el año. Otros 365 que ya no volverán. Ni he aprendido inglés, ni me he apuntado a un gimnasio, ni he dejado de fumar.

 La vida sigue a su marcha, sin esfuerzo, como si nada y, mientras, nosotros andamos con la lengua fuera, detrás de no se sabe qué, oyendo algo sobre una crisis y desperdiciando los minutos como si fuesen gratis. Entreteniéndonos en gilipolleces y no atendiendo a lo realmente importante, eso que no veremos claro hasta el dulce y último lecho. ¿Hay mayor desgracia?

 Un año pasa rápido cuando se echa la vista atras, pero en su discurrir da tiempo para que ocurran muchas cosas. Muere gente famosa, hay varios "partidos del siglo", se sortea la loteria de navidad (esa con la que todo el mundo hace castillos en el aire) e incluso todos los años traen su mes de agosto en el que, con crisis y todo, las carreteras se llenan de vehículos en busca de ese paraiso en forma de playas atestadas de gente y chiringuitos con comida grasienta.

 Dicen que cuando se llega a cierta edad los años pasan más deprisa. Es cierto. Cuando uno está de vacaciones por ahí, visitando algún nuevo destino, los días pasan más despacio, cunden más y tenemos la sensación de que una semana de esa guisa ha transcurrido mucho más lenta que siete días inmersos en el trajín de la monotonía laboral. Esto mismo ocurre con el discurrir de la vida: los primeros años son los de las novedades, el aprendizaje y el acúmulo de experiencias; estos pasan más despacio por su densidad. Llegados a cierta edad, casi todo está ya acumulado, las experiencias vividas y el aprendizaje, aunque nunca en su totalidad, hecho. Además, de jovencitos deseamos que el tiempo vuele para llegar a "mayores", por lo que pasa más despacio. De "mayores" queremos que vaya despacio para que no se acabe, por lo que vuela. Tiempo sicológico. Crueldad de la vida.

 En fin, otro año que se va. Pero también otro año que empieza: nuevos propósitos, nuevas ilusiones, nuevos proyectos para no cumplir.

 El optimismo ante todo.

 Continuará...

martes, 20 de diciembre de 2011

Calorcillo

 Corolario nº A: los meses fríos son más tristes. Corolario nº B: los habitantes de paises con clima más frío son menos alegres. Lo que de común tenemos entre las aseveraciones anteriores es lo siguiente: el sol hace que las personas sean más felices. El sol. No hablamos de salud, dinero, amor o el fracaso del vecino, hablamos del sol. Ni más, ni menos.

 Durante toda la historia del pensamiento uno de los asuntos recurrentes de las reflexiones humanas ha sido la felicidad. Cada pensador ha contribuido con lo que ha podido a establecer las causas que determinan el que unas personas vivan más a gusto que otras. Unos decían que había que satisfacer todas las pasiones, que había que dominarlas y sofocarlas, otros; para algunos la salud configuraba la única variable fiable, para otros la dedicación a actividades intelectuales; el trabajo y sus frutos, decían estos, la holganza y los suyos, contratacaban aquellos. En fin, como en todo, no acabábamos de entendernos.


 Sin embargo, la explicación era sencilla y por fin sale a la luz; la del sol precisamente es la culpable de que las caras sean más risueñas, los apetitos más evidentes, las relaciones más satisfechas. Es verdad que ya por Andalucía sabían mucho de esto pero, para no quedarse sin espacio vital, no han querido hacer demasiada publicidad, no fuese que su terruño se viese invadido por esos afanosos alemanes o aquellos sosos noruegos.

 Ahora han arriesgado demasiado con un polémico anuncio en el que puede verse a los Reyes Magos en Sevilla, por supuesto sentados tranquilamente y departiendo sobre la levedad de la vida. Polémico sí, desde el mismo momento en que lo financia un ayuntamiento gobernado por cierto partido y la oposición oposita como entiende que debe opositarse, en todo aspecto, importante o nimio y aún a costa de arriesgarse a hacer el ridículo. Esperemos que de ahí no extraigan los nórdicos la verdadera esencia, lo bien que aquí se encara la vida y terminen con alguna gran colonización, a las buenas o a las malas, como el Mc Donalds.

 De esta forma ya hemos puesto las bases de la nueva filosofía de la felicidad, simplemente hay que arrimarse al sol que más caliente (creo que ya estaba inventado) Allá donde no haga falta ropa, de tan a gusto como se esté, allá es donde los indices de alegría más altos llegarán, el contento será religión común y hasta el envidiosillo verá su mal atenuado. Y, además, los críticos de este nuevo ars vivendi no podrán rebatir la validez de la idea central de nuestro sistema.

 Al fin y al cabo, tendrían que argumentar que la felicidad la trae el frío.

 Continuará...

domingo, 11 de diciembre de 2011

Hipócritas

 La hipocresía, defecto muy extendido y demasiado criticado. ¿Sería posible una convivencia mínimamente civilizada sin su concurso? ¿No somos los humanos contradictorios por naturaleza? ¿A qué achacará Mou la próxima derrota contra el BarÇa?

 Hay personas que alardean de una sinceridad a toda prueba, caiga quien caiga, y que solo vienen a confirmar la tan manida máxima: dime de qué presumes y te diré de qué careces. Esa ausencia total de fingimiento, de disimulo, de disfraz en la opinión o el sentimiento no es propio de ninguna sociedad. Al menos ninguna de las que juegan la Eurocopa.

 Hipócritas somos todos pues, en mayor o menor medida, con más o menos gracia. Nadie da en todo lugar y ocasión su cara más sincera e incluso hay algunos que solo la ofrecen cuando no los ve nadie. Otros, ni entonces. Algunas personas apenas dejan entrever su doblez, estás son las más peligrosas y sin duda tienen en la carrera política grandes posibilidades, mientras a otras se les nota a cinco leguas de distancia que lo que dicen o hacen no está de acuerdo con lo que íntimamente sienten, llegando a darse casos de gente que resulta de una gran comicidad por cuanto se sabe, sin atisbo de duda, que el disimulo los acompaña en todo trance, en toda situación, adonde quiera que vayan.

 Creo, respondiendo a la primera pregunta, que una moderada dosis de hipocresía no es mala cosa, pudiendo llegar incluso a ser deseable dependiendo de la situación y de la compañia en que uno se encuentre. Entiendo que si fuésemos totalmente sinceros en nuestras apreciaciones para con los demás, la pequeña civilización que a cada uno rodea correría el riesgo de resquebrajarse en sus cimientos y defiendo que una cierta habilidad para decir "blanco" mientras se piensa "negro" o, al menos, "gris", no contribuyó nunca a iniciar una guerra.

 Abogo pues por la mesura, el no ser brutalmente sincero ni continuamente taimado, como la manera en que podemos vivir en sociedad de una forma más aceptable. Siempre hay que adaptarse a las circunstancias y, por supuesto, tener en cuenta los sentimientos de los demás. O lo que nosotros interpretamos de los sentimientos de los demás. Estas fechas son muy apropiadas para ensayar: ¿quién no ha recibido alguna vez un regalito y ha tenido que echar mano de la "diplomacia" para fingir que el presente era de su gusto?

 En fin, la hipocresía sería como la sal: no muy saludable pero necesaria en pequeñas cantidades.

 Aunque suene cínico.

 Continuará...