domingo, 4 de diciembre de 2011

Ficción nº 2

 Era la cuarta vez que pasaba por aquel escaparate en el poco tiempo que llevaba el discurrir del día.

 Sus jornadas tendían a repetirse de manera rítmica, casi automática. Después de levantarse y desayunar comenzaba un largo paseo que le llevaba a invertir un par de horas de su tiempo. Solía caminar por las mismas calles, recorrer las mismas aceras en la confianza de que nunca tropezaría con las mismas personas lo cual, para ella, era como cambiar de paisaje cada día.

 No es que la gente le importase mucho, no. Lo que le importaba realmente era la ausencia de repetición en la fisonomía de los caminantes con que se cruzaba. La monotonía en el recorrido, que soportaba sin enojo, hubiese resultado irritante, insoportable, dolorosa casi, de haberse dado en las caras de las otras personas cada mañana.

 Una vez que la caminata había cumplido la misión de dejarle cansada, con la ración de ejercicio autoimpuesta ya realizada, gustaba de sentarse en un café y, allí, dejar pasar lo que de la mañana quedase por delante, entregada a poner por escrito las ideas que el paseo hubiese contribuido a encender en su pelirroja cabeza.

 La tarde sería distinta, durante ella intervendrían ya las personas que formaban parte de su círculo íntimo y solía ser el momento de las charlas alrededor de una copa de vino, las compras o las sesiones de cine.

 Los días pasaban de esta forma, u otra parecida, dejando tras de sí el poso de la agradable costumbre. ¿De veras quería ella cambiar esta rutinaria y relajante previsibilidad?

 La cuarta vez que pasó tomó la decisión. Era la posibilidad real de vivir otra vida, llevaba ya mucho tiempo sin trabajar y aquel anuncio en el escaparate buscaba a alguien con sus mismas capacidades. ¡Otro día será! -se dijo- y siguió caminando con la tranquilidad de quien sabe adonde va.

 Continuará...

viernes, 25 de noviembre de 2011

Relaciones

 Hay varias formas de relacionarse con el dinero. Parece que en la sociedad actual se le da una desmesurada importancia a las perras, pero tengo serias dudas de que esto no sea una característica común a todas las épocas de la histórica historia. Además, que se le dé tanto protagonismo en nuestras vidas tampoco implica una mínima reflexión sobre este asunto. Como sobre casi ningún otro.
 
pile of euro coins Algunos se relacionan con el dinero de forma totalmente despreocupada, inconsciente, arriesgada. Serían los que dilapidan tanto lo que tienen como lo que no tienen. Es fácil entender que este tipo de relación a largo (incluso a medio y a veces a corto) plazo no suele acabar bien. Se trata de vivir de prestado a costa del banco, de los amigos o de los familiares; mal asunto en todo caso. Lo único bueno del tema sería la forma como estas personas han de agudizar su ingenio para seguir dando el palo día tras día.

 Otros no entienden el significado de malgastar, realmente tampoco el de gastar y de lo único que se preocupan es de amasar una fortuna tan grande como sus ingresos les permitan, minimizando el consumo de cualquier bien para evitar que mengüe su tan preciado tesoro. Como suele decirse, en el pecado llevan la penitencia ya que, por mucho peculio que consigan guardar, siempre han de vivir como auténticos miserables. Avaros, ni más ni menos.

 Por fin estarían aquellos que en el dinero solo ven un medio para subsistir, no un fin. Gente que gasta lo que tiene, no más, pero tampoco menos. Vivir al día, gastar conforme se va generando, no guardar en la convicción de que contra la providencia ninguna cantidad les va a resguardar suficientemente. ¿Ha de faltarles alguna vez un plato para cenar y un techo bajo el cual cobijarse? No, se responden. Y siguiendo el consejo de tantos antiguos sabios intentan no tener nada para no temer perder nada.

 El dinero, ¡ay, el dinero! Cuantos quebraderos de cabeza, cuantas humillaciones, calamidades y crímenes te debemos. Y sin embargo me temo que sigas siendo objeto de adoración general durante una larga temporada todavía aunque, como dijo aquel, la diferencia entre el rico y el pobre sea solamente el tipo de problemas que tienen.

 ¿Será el dinero, simplemente, el instrumento para conseguir sexo?

 Continuará...

miércoles, 16 de noviembre de 2011

De lo moderno

 Últimamente estoy observando con atención el siguiente fenómeno: personas aparentemente en sus cabales, algunas inteligentes, gente decente, de buenas costumbres, incluso votantes del PP, están siendo abducidas por esos pequeños engendros que llaman teléfonos móviles aquí, celulares (pronúnciese selulares) allá.

 Es sabido que entre las personas de escaso poder adquisitivo (pronto todos los mortales que este país habitamos) la posesión de un teléfono móvil es símbolo de estatus. A mejor aparato, más nivel atribuido a la persona y, a falta de acceso al mercado de coches más o menos lujosos, el móvil indica, dentro de este grupo social, la calidad del individuo.

 Hasta ahora era así. Pero la industria no descansa, es voraz, necesita crear nuevas necesidades con las que seducirnos y, en este caso, parece que han acertado de pleno. Es justo reconocer la habilidad de las empresas en su busqueda de nuevos alicientes con los que atraparnos, pero también contribuye grandemente al éxito la superficialidad que suele acompañarnos como consumidores. Les han colocado "internes" y alguna que otra pijada a estas máquinas y han logrado que mucha gente ande obsesionada con el montón de tonterías diferentes, la mayoría absolutamente inútiles, que sus queridos móviles son capaces de hacer. Y no estoy hablando de adolescentes.

 Desde hace un tiempo pueden enviarse mensajes gratuitos entre determinados aparatos, ¿qué hemos ganado con esto?, que donde antaño se mandaban mensajes cuando era "necesario", ahora se envían porque son gratis, a lo tonto, porque me aburro. El día que se popularicen las llamadas gratuitas andaremos por las calles pegados al teléfono, todos, a todas horas, en vez de ir hablando con la persona de al lado. Ridícula imagen.

 Pero, como no puede irse contra el progreso, quiero contribuir a éste proponiendo algunas aplicaciones para los telefonillos que serían la mar de útiles, necesarias y no me cabe duda acabarán imponiéndose: 1º Un avisador que vibre cuando se acerque un ladrón, evidentemente debería desconectarse en las proximidades de cualquier banco. 2º Un chisme que indique cuantas semanas lleva congelada la merluza fresca que compramos en el super, (¿quién compra hoy día en la pescadería?) 3º Una antena que capte y envíe a la pantalla las mentiras que dicen los políticos; pero no las que ellos desconocen que son mentira, sino las que dicen a sabiendas de que lo son. Esta aplicación sería muy entretenida para la gente con mucho tiempo libre que, precisamente gracias a los regidores de la cosa pública, cada día es más numerosa. 4º Una alarma que avise cuando la madre del cuco vaya a salir en televisión, pero no para evitarla, no, más bien al contrario, para no perder ripio; podría ser algo de este estilo: "corre que en cinco minutos empiezo a hablar en telecinco. No dejes que te lo cuenten"

 ¡Ah! y un espanta-cretinos.

 Continuará...

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Hoy igual que ayer

 La otra noche hubo un debate político en televisión. Haciendo una pequeña encuesta al día siguiente sobre el seguimiento de tamaño acontecimiento cultural me tope con lo siguiente: con los debates políticos pasa como con los "pogramas" del corazón, nadie los ve, aunque después las cifras de seguimiento sean las que son.

 ¿Qué lleva a la inmensa mayoría de la gente a disfrazar sus gustos, a maquillar sus intereses? Pues lo de siempre, la vanidad. El populacho cree que sus gustos son indignos, sus intereses vacuos, por lo tanto mienten como bellacos a la hora de contestar a cualquier pregunta que, según ellos, les pueda catalogar como lo que en el fondo, y en la superficie, son. Si a ese intentar parecer guay le añadimos la falta de personalidad que suele acompañarnos en cuanto personajes gregarios que somos, el resultado no puede ser distinto del que es.

 La vanidad, ¡qué tontería! y, sin embargo, quien esté totalmente libre de ella que tire la primera piedra. Este adorno hace que necesitemos demostrar a la vista de los demás algo para poder disfrutarlo plenamente. Me explico: Si ofrecemos a alguien la posibilidad de disfrutar de un coche de lujo con la única condición de que no pueda enterarse nadie de la identidad de su propietario, ese alguien, sin duda, aceptará el presente, pero el disfrute que le proporcionará el cochazo será ¿un 60%?, ¿un 50%? del que le proporcionaría el poder exhibirlo a voluntad, contarlo a los cuatro vientos.

 Si hablamos de vestidos, añadidos otros componentes, nos encontramos un problema parecido, especialmente en cuanto a la exhibición de marcas en las prendas de vestir. ¿Quién pagaría un sobreprecio que triplicase la cantidad que cuesta una camisa de calidad, si fuese a condición de que no se viese la marquita? Ni Blas. ¿Y las casas?, paséen ustedes por los alrededores de alguna urbanización de nivel medio-alto; sería lógico que dentro de las casas nos permitiésemos los mejores materiales, las mayores comodidades dentro de nuestras posibilidades, pero en el exterior, ¿qué es lo que justifica esos diseños llamativos y apabullantes? Pues entre otras cosas, la vanidad. Que se vea que me lo puedo permitir.

 En el fondo es una faena que nos valoremos, no con nuestros ojos, sino con los ojos de los demás. Esto hace que nuestra vida la vivamos según el gusto que consideramos tienen las otras personas. ¿Se puede encontrar ejemplo mayor de falta de criterio, de superficialidad en las preferencias?

 Éste que esto escribe se dio cuenta un día, no ha mucho, caminando.

 Continuará...

jueves, 27 de octubre de 2011

Trabajo y más

 No soporto las conversaciones en mi trabajo a la hora de comer. Lo siento, pero no las soporto. Hay otras muchas cosas que aguanto con dificultad, pero ésta me desborda. ¡Qué poco interes tienen las cosas que les ocurren a mis compañeros/as! o, al menos, ¡qué poco interes lo que cuentan! No puedo achacarles falta de delicadeza puesto que, aunque a mi no me importa en absoluto lo que oigo, parece ser que las demás personas están encantadas escuchando semejantes trivialidades.

 Tampoco logro entender que se hable de trabajo en los descansos, aunque ésto puede ser por dos razones: o bien la gente está tan encantada con su labor que encuentra escaso el tiempo a ella dedicado y necesita continuar con el tema en sus breves momentos de asueto, o bien no hay nada más de que hablar, o sea, ahí se agotan los temas para conversar, no hay asunto que pueda reseñarse para estas personas si apartamos el motivo laboral. Y no digo yo que haya que desnudar el alma como si delante de un sicoanalista argentino estuviésemos, pero se puede hablar de muchas cosas poco comprometedoras, entretenidas y, además, ajenas al trabajo. Creo yo.

 Al fin y al cabo en mi empresa, como en casi todas, lo que hay es una representación de la sociedad con parecidos porcentajes de cretinismo entre sus miembros. Aunque justo es mencionar que, como en botica, hay de todo e incluso, rebuscando un poquito, tropezaríamos con casos de gente realmente interesante. Supongo que todos los que esto lean se incluirán en este segundo grupo. ¡Tampoco es eso!.

 Siendo así la cosa, he tomado la siguiente decisión: a partir de ahora, en las semanas que haya de comer en la empresa, lo haré escondido. Sí, sí, me subiré a un arbol o me meteré en un armario (aunque luego tenga que salir), pero el momento de alimentarme es demasiado placentero para que alguien me lo amargue con una conversación, digamos, indigesta. Además, procuraré cambiar de escondrijo al objeto de que no puedan seguirme ya que, a pesar de mi carácter un tanto arisco y distante, hay gente que nunca se da por aludida cuando, al dirigirme la palabra, me pongo a silbar, incluso alguno sería capaz de comer a mi lado, hablando sin parar y con la boca llena, por supuesto.

 El pesimista filósofo alemán estableció una especie de regla por la cual 5/6 partes de la sociedad serían personas de naturaleza más bien vacia e incapaces de soportarse a si mismas en soledad por esa vacuidad interna que les caracteriza. Piénsese, ¿son el gusto con el que afrontamos los solitarios momentos y la riqueza interior una misma cosa? Esos 5/6, según mi modesta opinión, deberían ser 29/30, lo menos. Y por si alguien no sabe si esta cifra es más grande o más pequeña que la anterior hágase el siguiente experimento: cómprense dos tartas, divídanse la una en 6 partes iguales y la otra en 30 partes iguales, tírense 5 partes de la primera tarta y 29 partes de la segunda; visualmente ya no debería haber duda pero, por si acaso, llámese a un vecino (a poder ser, comunista o cura) y ofrézcasele un trozo de tarta a su elección; el que elija ha de ser el trozo más grande, luego esa tarta representa el porcentaje más alto de personas interiormente ricas. Supongo que está claro.

 Instrucciones de uso de lo supraescrito:
 - Entiéndase todo lo anterior con la carga de retranca con la que ha sido ideado.
 - También puede leerse metafóricamente. Sería lo más apropiado.
 - Si alguien no entiende lo que significa "metafóricamente", por favor, absténgase de hablarme cuando coma conmigo.

 Hoy me duele un poco la cabeza.

 Continuará...

miércoles, 19 de octubre de 2011

El hamster, el pececillo y la tortuga

 Hay sicólogos para perros, también se diseñan dietas para animales al objeto de preservar su salud y la secreta intención de que sean eternos o, al menos, nos sobrevivan. Menos novedad suponen las peluquerías para bichos y las clínicas donde, con todos los avances tecnológicos, operar al gato de alguna indigestión por comer demasiado solomillo. Existe todo esto y mucho más.

 A bote pronto he de aguantarme para no explicar tanto avance achacándolo a la soplapollez que suele acompañarnos en cuanto humanos. Sé que las mascotas hacen mucha compañía, son fieles y cariñosas y, por más tonterías que digamos, jamas argumentan en contra. Pero creo que las energías, el cariño e incluso el dinero que se invierte en estos animales, debiera dedicarse más a las personas, muy necesitadas en general y más en los últimos tiempos.

_o286jumo No abogo por la desaparición del animal de compañia, sino por la racionalización de las relaciones persona-bicho. Antaño los canes estaban en los corrales y cumplian una función, hoy les hacemos la paticura, les damos pasteles de crema y, pronto, hasta les pondremos gafas. Y eso que a algunos pacientes aquejados de algunas enfermedades en algunos hospitales les indican una terapia consistente en relacionarse con animales, a ciertas personas mayores les hacen más llevaderos los últimos capítulos de sus vidas y los perros especialistas en defensa y ataque son muy obedientes y cumplen con su deber con una gran profesionalidad, aunque a veces sea a costa del bebé de la casa.

 Pero se me ha de conceder que muchas de las relaciones que vemos con los animalitos resultan cercanas a lo patológico. A uno de éstos no se le puede dar un beso en la boca, ni hablarle como si fuese tu hijo ni, mucho menos, exhibirlo cual arma de destrucción masiva. Eso, para mí, no es razonable. ¿Y tener una pitón, un cocodrilo o un tigre en casa?, menos habitual, sin duda, pero ocurrir, ocurre.

 Hay un cierto tipo de poseedores de animales, especialmente perros, que tienen mucha sensibilidad para con su mascota, les hacen regalos para su cumpleaños y los perfuman con embriagadores ungüentos, pero muestran mucho menos civismo en relación a sus conciudadanos cuando "olvidan" los excrementos de sus queridos en cualquier acera o parque, aunque esté expresamente prohibido su uso para esos menesteres. Esta gente, en su relación cariñosa con los animalillos pero insensible con sus congéneres, demuestran lo válido de la tesis defendida más arriba. Ese cierto carácter enfermizo de algunas de ellas.

 Pero, ¿quién no tiene alguna tara?

 Continuará...

miércoles, 12 de octubre de 2011

Ida y vuelta

 "Los que cruzan los mares mudan de clima, no de caracter"

 La frase de Horacio es, a todas luces, atinada. Después de mi peripecia a lo ancho de las tierras españolas, después de treinta días andando en pos de la catedral de Santiago, ochocientos diez kilómetros recorridos, al menos un millón de pasos dados, conocida mucha gente, vistos muchos paisajes, iglesias y amaneceres; después, en fin, de mi vuelta a casa, resulta que soy el mismo que era. He reflexionado sobre muchos aspectos de mi carácter y he intentado pulir alguna arista, pero el fondo, la esencia, son los que eran. ¿Cabía esperar otra cosa?

Fotos de Las Flechas Amarillas te guían en el Camino de Santiago Realmente no me apetece en exceso hablar sobre el tema. La aventura es para vivirla, no para contarla, aunque quiero decir que ha merecido la pena a pesar de los numerosos percances de salud sufridos y de algunas conversaciones, también sufridas. Ahí quedarán las dieciocho fotografías hechas para recordarme esos días en los que toda preocupación quedó reducida a lo básico, al mero andar, alimentarse y descansar. Treinta días en otro planeta. Las lágrimas al ver las torres de la catedral. La dureza de la vuelta a la rutinaria rutina. Y yo a solas conmigo mismo.

 En fin, ya estamos de regreso y superando el síndrome post-viaje, no queda otra que volver a la vida real y llevar las cosas lo mejor posible aplicando las ideas reflexionadas y tomando las decisiones maduradas en esos días. También habré de recuperar el peso perdido, no se me vaya a llevar el cierzo.

 Hoy me he afeitado la barba, acción no ejecutada desde el pasado día tres de septiembre. Nunca me había visto de esa guisa y sentía curiosidad; como es de imaginar no ha habido unanimidad en el veredicto que, sobre mi imagen, ha emitido el pueblo. No obstante, y después de escuchar los razonamientos de partidarios y detractores del pelo en rostro, una opinión ha podido más que todas las otras y me ha decidido a rasurarme. Al ir a besar a Laura, mi sobrina de casi siete años, esta huyo despavorida mientras me espetaba: - tío, pareces el hombre lobo.

 Continuará...