Vengo leyendo desde hace una temporada y en diferentes medios sobre la existencia de restaurantes llamados clandestinos. Negocios de restauración fuera de la ley los ha habido siempre, no olvidemos que hay que cumplir bastantes requisitos antes de abrir uno de ellos: hay que contar con licencias municipales, de sanidad, de la comunidad autónoma correspondiente, etc. Además hay que pagar impuestos varios y la seguridad social de los trabajadores (si es que los hay). Por esto y alguna cosa más, algún "empresario" se arriesga a la ilegalidad con la esperanza de pasar desapercibido para el estado, que no para la clientela.
Pero la nueva moda de los restaurantes clandestinos no va por ahí. Vaya por delante que bajo mi punto de vista no deja de ser una estrategia publicitaria para diferenciarse de la competencia en una época en la que parece estar ya todo inventado. Esta gente tiene un local que bajo la apariencia de un negocio cualquiera en realidad esconde un restaurante "secreto". Normalmente hay que saber una clave para tener acceso y estas se suelen pasar por el boca a boca a los conocidos. La sensación de estar ante algo que mezcla lo exclusivo con lo alegal es lo que hace que, de momento, estén teniendo exito en ciudades grandes, incluso españolas.
Al final están pensados como negocio por lo que necesitan publicitarse de una forma u otra, ¡vaya clandestinidad! Sí es verdad que hay otros restaurantes montados en pisos en los que cocinan los dueños y sirven sus creaciones en el salón de casa que, para grupos pequeños, están más cerca de lo ilegal aunque seguro que algunos tienen su punto. Habrá que probar y quien sabe si algún día no hacemos algo parecido.
Y, por fin, mañana empiezo mi aventura. Estaré treinta y tres (como el famoso restaurante) días fuera, días en los que no escribiré nada en este blog. Como leer hay que seguir leyendo, os mando una recomendación: Arte del buen vivir escrito por el filósofo alemán Arthur Schopenhauer.
A mi vuelta, si alguien quiere, lo comentamos.
Continuará...
martes, 6 de septiembre de 2011
domingo, 21 de agosto de 2011
Vivamos...o lo que sea
La vida es sota, caballo y rey. Siendo así, si es que lo es, no se entiende de donde salen tantas complicaciones. Las pasiones han sido las mismas durante la historia de la humanidad toda, pero no hay forma de aprender, tomar las experiencias anteriores, reflexionar teniendo en cuenta los resultados obtenidos y con esos datos, actuar en consecuencia. Somos agudos, pero no tanto. Sabemos construir teléfonos móviles inteligentísimos, puentes que no sirven para nada y torresdelagua vacias por dentro, televisores extra-ultra-hiper- megaplanos para ver a Belén Esteban o a Cristiano Ronaldo, hemos inventado millones de imprescindibles chismes para bebés (no me explico como pudimos salir adelante los del siglo pasado sin el megáfono ese para los lloros), los ordenadores cada vez son más guays para jugar a los jueguecitos, y así hasta donde uno quiera. Pero las pulsiones humanas básicas, aquellas a las que nos referíamos al principio, no terminamos de dominarlas con la misma habilidad que dominamos la tecnología. Pregunten sino al Dominique Strauss Kahn que tal lleva lo del autocontrol, que está dejando a la altura del barro las ofensivas de su bisabuelo Gengis Kan, el mongol.
Parece pues que la vida no es un juego fácil de jugar y si alguien consiguiese escribir un manual de instrucciones sencillo y eficaz probablemente se haría más millonario que Camps "el trajes", que cuando le preguntaron por sus finanzas declaró que tenía 2000 € en una cuenta y nada de nada más. Que jodido, el tío. Ahí tienen ustedes una idea para ganar dinero a espuertas con el que satisfacer la natural codicia que suele ensuciar a los homínidos, escriba el que tenga talento suficiente la fórmula para pasar el periodo de tiempo que hay desde que nacemos hasta que yacemos con los mínimos rasguños posibles y no tenga duda que habrá descubierto la transmutación sin ayuda de piedra filosofal ninguna. Yo lo haría, pero se me han acabado los folios.
Vivamos, compliquemonos lo menos posible la existencia, aprendamos a valorar las cosas buenas que sin duda a todos acontecen, disfrutemos nuestros pequeños triunfos en cualquier ámbito en que estos se produzcan, relativicemos los pequeños fracasos que han de ocurrirnos a veces y pensemos que solo se vive una vez, aprovechemos esa vida, adaptemonos a sus circunstancias y gocemos todo lo posible sin olvidarnos de ayudar a los demás cuando tengamos ocasión. Cuando estemos en el último lecho habremos de sentir que ha merecido la pena.
La teoría siempre ha sido fácil, ponerla en práctica es otro cantar. En mi caso, el cantar de los que no tienen lengua.
Continuará...
Parece pues que la vida no es un juego fácil de jugar y si alguien consiguiese escribir un manual de instrucciones sencillo y eficaz probablemente se haría más millonario que Camps "el trajes", que cuando le preguntaron por sus finanzas declaró que tenía 2000 € en una cuenta y nada de nada más. Que jodido, el tío. Ahí tienen ustedes una idea para ganar dinero a espuertas con el que satisfacer la natural codicia que suele ensuciar a los homínidos, escriba el que tenga talento suficiente la fórmula para pasar el periodo de tiempo que hay desde que nacemos hasta que yacemos con los mínimos rasguños posibles y no tenga duda que habrá descubierto la transmutación sin ayuda de piedra filosofal ninguna. Yo lo haría, pero se me han acabado los folios.
Vivamos, compliquemonos lo menos posible la existencia, aprendamos a valorar las cosas buenas que sin duda a todos acontecen, disfrutemos nuestros pequeños triunfos en cualquier ámbito en que estos se produzcan, relativicemos los pequeños fracasos que han de ocurrirnos a veces y pensemos que solo se vive una vez, aprovechemos esa vida, adaptemonos a sus circunstancias y gocemos todo lo posible sin olvidarnos de ayudar a los demás cuando tengamos ocasión. Cuando estemos en el último lecho habremos de sentir que ha merecido la pena.
La teoría siempre ha sido fácil, ponerla en práctica es otro cantar. En mi caso, el cantar de los que no tienen lengua.
Continuará...
domingo, 14 de agosto de 2011
Intenciones
Vamos con la leyenda: uno de los apóstoles, llamado Santiago, en su afán evangelizador se llegó hasta la Península Ibérica buscando prosélitos. El éxito de la empresa después de tan largo viaje fue escaso, por no decir escasísimo, consiguiendo convertir al cristianismo a siete personas que, ¡oh, maravilla!, eran de Zaragoza en su totalidad. ¿Habla esto de la estulticia de los aquí nacidos?, ¿dice, por contra, algo de su natural inteligencia? Como siempre, no seré yo el que juzgue, cada cual tendrá su opinión. La cosa es que andando el hombre algo decaído por la poca capacidad de convicción mostrada y estando por estos lares, se le apareció la Virgen encima de una especie de columna con la intención de animarle, constituyendo esta la presentación en sociedad de la muy venerada Virgen del Pilar, a la que con el tiempo se dedicó un templo, una plaza y un adoquín de caramelo.
De esta historieta hemos de quedarnos hoy con el nombre del apostol, Santiago, que se llama igual que un famoso camino muy concurrido y que, como todos sabíamos ya, el protagonista de este cuento nunca recorrió. Fueron gentes de todos los lugares los que peregrinaron, y siguen haciéndolo, hasta Santiago de Compostela donde supuestamente descansaban los restos de este señor.
Y como culo veo, culo quiero, yo también voy a hacerlo. Me refiero a lo de peregrinar. Estoy organizando para septiembre, si me es posible, recorrer el camino de Santiago andando durante treinta y una etapas, o sea, treinta y un días por ahí, padeciendo por los caminos y cargado con una mochila y otras cosas a las que tendré que enfrentarme por fin. Aunque si alguien me pregunta el motivo de mi peregrinación prometo responderle que es meramente espiritual.
Cualquiera que lea estos párrafos y me conozca un poco sabrá que este que escribe no puede recorrer el camino de idéntica forma a la que lo hacen los demás seres humanos. No señor. Incorporaré una pequeña variación que, por supuesto, no he inventado yo pero le presta una cierta originalidad. Y es que en vez de salir de alguno de los puntos de partida más típicos en España: Somport o Roncesvalles, lo voy a hacer desde la puerta de casa. Saldré una mañana por esa puerta con la mochila y trataré, en varias etapas, de llegar andando a Logroño donde ya enlazaré con el camino de Santiago más ortodoxo. Desde casa hasta Santiago de Compostela.
Los primeros días, hasta Logroño, no espero toparme con nadie pero, a partir de ahí puede ser otro cantar. No me van a faltar aventuras, ni sufrimientos, ni dolores, ni alegrías, conoceré gente interesante y gente insoportable. Pero lo que he de tratar por encima de todo es de seguir conociéndome a mí mismo y aprovechar las muchas horas de soledad que voy a tener para dedicarme a ello. Sin miedo y con franqueza.
¿Quién será la persona que con mi nombre y con mi aspecto vuelva de allí?
Continuará...
De esta historieta hemos de quedarnos hoy con el nombre del apostol, Santiago, que se llama igual que un famoso camino muy concurrido y que, como todos sabíamos ya, el protagonista de este cuento nunca recorrió. Fueron gentes de todos los lugares los que peregrinaron, y siguen haciéndolo, hasta Santiago de Compostela donde supuestamente descansaban los restos de este señor.
Y como culo veo, culo quiero, yo también voy a hacerlo. Me refiero a lo de peregrinar. Estoy organizando para septiembre, si me es posible, recorrer el camino de Santiago andando durante treinta y una etapas, o sea, treinta y un días por ahí, padeciendo por los caminos y cargado con una mochila y otras cosas a las que tendré que enfrentarme por fin. Aunque si alguien me pregunta el motivo de mi peregrinación prometo responderle que es meramente espiritual.
Cualquiera que lea estos párrafos y me conozca un poco sabrá que este que escribe no puede recorrer el camino de idéntica forma a la que lo hacen los demás seres humanos. No señor. Incorporaré una pequeña variación que, por supuesto, no he inventado yo pero le presta una cierta originalidad. Y es que en vez de salir de alguno de los puntos de partida más típicos en España: Somport o Roncesvalles, lo voy a hacer desde la puerta de casa. Saldré una mañana por esa puerta con la mochila y trataré, en varias etapas, de llegar andando a Logroño donde ya enlazaré con el camino de Santiago más ortodoxo. Desde casa hasta Santiago de Compostela.
Los primeros días, hasta Logroño, no espero toparme con nadie pero, a partir de ahí puede ser otro cantar. No me van a faltar aventuras, ni sufrimientos, ni dolores, ni alegrías, conoceré gente interesante y gente insoportable. Pero lo que he de tratar por encima de todo es de seguir conociéndome a mí mismo y aprovechar las muchas horas de soledad que voy a tener para dedicarme a ello. Sin miedo y con franqueza.
¿Quién será la persona que con mi nombre y con mi aspecto vuelva de allí?
Continuará...
domingo, 7 de agosto de 2011
¿Qué esperabas?
Esta semana no pasará a la historia como una de las más brillantes para las bolsas de valores mundiales, tampoco puede decirse que a nivel global haya ocurrido nada reseñable por lo bueno. El mundo sigue su discurrir aún en agosto, lento para unos y más rápido para otros. Como siempre el globo gira deprisa para los que creen vivir su último día y despacio para los que esperan, cualquier cosa o no cosa que sea la esperada. Hay otra categoría de personas que son los que esperan, pero no saben el qué; para estos la vida discurre lenta y rápidamente a la vez, sufriendo las desventajas de las dos posibilidades. Imagino.
Particularmente la semana ha sido como todas, no porque hayan ocurrido las mismas cosas, sino porque han ocurrido cosas buenas, no tan buenas, malas y, las más, irrelevantes; en fin, como siempre. Entre las cosas buenas no pueden faltar las tres reuniones, tres, que hicimos en tres casas, tres días alternos al objeto de degustar tres opíparas cenas oficiadas, eso sí, cada día por un cocinero distinto. El nivel culinario ha sido muy aceptable y el disfrute me permite imaginar la repetición de la experiencia en cuanto podamos. ¡Qué arroz! ¡qué marmitako! ¡qué discusiones!
También han ocurrido cosas menos agradables que las relacionadas con la gastronomía, por supuesto, y si me sometiesen a leve tortura, no haría falta gran cosa: enseñarme unas tijeras sería suficiente, estaría dispuesto a reconocer que la semana ha pasado sosegada, calmosa, demorándose en lo accesorio, lenta. Luego según la torpe teoría expuesta al inicio, ¿espero algo?, ¿hay algo siendo esperado por mí?, ¿soy yo el que espera?, ¿lo que espero es esperable?, ¿esperar es morir en la espera?, ¿hay algo mejor que esperar?, ¿la esperanza hace más leve la espera?, ¿cuándo se alcanza lo que se espera, es como se esperaba?, ¿esperar en la esperanza de que lo esperado espere a que lo anhelado llegue?, ¿dónde habré metido mis pastillas?
Después de leer el párrafo anterior reconozco que me entiendo a duras penas, pero me entiendo. Más difícil me resulta sin embargo entender cuatro o cinco cosas que me vienen a la cabeza recurrentemente sobre la humana condición: el amor desmedido hacia los animales, la impudicia del político con el dinero público, la programación televisiva, el comportamiento gregario de las masas, etc. pero esos son asuntos que me reservo para otra ocasión, hoy no me quiero enfadar.
Prefiero seguir sentado, esperando.
Continuará...
Particularmente la semana ha sido como todas, no porque hayan ocurrido las mismas cosas, sino porque han ocurrido cosas buenas, no tan buenas, malas y, las más, irrelevantes; en fin, como siempre. Entre las cosas buenas no pueden faltar las tres reuniones, tres, que hicimos en tres casas, tres días alternos al objeto de degustar tres opíparas cenas oficiadas, eso sí, cada día por un cocinero distinto. El nivel culinario ha sido muy aceptable y el disfrute me permite imaginar la repetición de la experiencia en cuanto podamos. ¡Qué arroz! ¡qué marmitako! ¡qué discusiones!
Después de leer el párrafo anterior reconozco que me entiendo a duras penas, pero me entiendo. Más difícil me resulta sin embargo entender cuatro o cinco cosas que me vienen a la cabeza recurrentemente sobre la humana condición: el amor desmedido hacia los animales, la impudicia del político con el dinero público, la programación televisiva, el comportamiento gregario de las masas, etc. pero esos son asuntos que me reservo para otra ocasión, hoy no me quiero enfadar.
Prefiero seguir sentado, esperando.
Continuará...
domingo, 31 de julio de 2011
Nessun dorma
Ya sé que a la mayoría le sonará a chino a pesar de que la expresión esté en italiano. Significa nadie duerma y no es sino el título del aria que abre el último acto de la ópera Turandot de Puccini. ¿Qué decir de semejantes tres minutos? Nada de nada, simplemente escúchese al volumen más elevado que los vecinos nos permitan, a poder ser en alguna grabación de Pavarotti, y con los ojos cerrados. Si al final del aria no tenemos todos los pelos de punta es que, por fin, después de ver tanto la tele hemos llegado a ser auténticos arbustos, lo cual complacerá sin duda a cualquiera que sea el gobierno que nos gobierne después del 20 de noviembre.
Me voy acercando poco a poco a la ópera. No es sencillo y, por supuesto, requiere de un esfuerzo previo para degustarla superior al que requiere el fútbol, por ejemplo. Alguien escucha por vez primera una ópera y le resulta más placentera si lo hace con el libreto delante, a poder ser en un idioma que entienda y sabiendo de que va la historia que se recrea previamente a la audición. Las posteriores ocasiones ya tendremos las claves y podremos guiarnos sin otros sentidos ajenos al oido.
Aunque la ópera que nos gusta y que ya se ha escuchado varias veces hay que verla en directo, por supuesto, para eso han sido creadas y una vez "trabajadas" es ahí donde se le ha de sacar el máximo placer, el mayor gozo. Mi experiencia en la ópera es la siguiente: he asistido una vez en mi vida a una de estas representaciones, no había escuchado la obra nunca, no entendía el idioma en que cantaban y, para más inri los subtitulos que pasaban en una pantalla eran en alemán. Por suerte la compañía era agradable y había ginebra en el bar.
Y como dicen que en la variedad está el gusto anoche estuve en un concierto en el que tocaban un grupo cubano-aragones al que llaman Karamba y, por fin, un tal Ariel Rot, ¡qué tío el Ariel! toda su vida haciendo rock del bueno, profesionalidad, buenos músicos, algún blues y nosotros dando saltos como si fuésemos adolescentes, estuviésemos enamorados y el concierto fuera ilegal. Venga a guitarrear.
Y es que la ópera es chula, pero donde esté un buen blues...
Continuará...
Me voy acercando poco a poco a la ópera. No es sencillo y, por supuesto, requiere de un esfuerzo previo para degustarla superior al que requiere el fútbol, por ejemplo. Alguien escucha por vez primera una ópera y le resulta más placentera si lo hace con el libreto delante, a poder ser en un idioma que entienda y sabiendo de que va la historia que se recrea previamente a la audición. Las posteriores ocasiones ya tendremos las claves y podremos guiarnos sin otros sentidos ajenos al oido.
Aunque la ópera que nos gusta y que ya se ha escuchado varias veces hay que verla en directo, por supuesto, para eso han sido creadas y una vez "trabajadas" es ahí donde se le ha de sacar el máximo placer, el mayor gozo. Mi experiencia en la ópera es la siguiente: he asistido una vez en mi vida a una de estas representaciones, no había escuchado la obra nunca, no entendía el idioma en que cantaban y, para más inri los subtitulos que pasaban en una pantalla eran en alemán. Por suerte la compañía era agradable y había ginebra en el bar.
Y como dicen que en la variedad está el gusto anoche estuve en un concierto en el que tocaban un grupo cubano-aragones al que llaman Karamba y, por fin, un tal Ariel Rot, ¡qué tío el Ariel! toda su vida haciendo rock del bueno, profesionalidad, buenos músicos, algún blues y nosotros dando saltos como si fuésemos adolescentes, estuviésemos enamorados y el concierto fuera ilegal. Venga a guitarrear.
Y es que la ópera es chula, pero donde esté un buen blues...
Continuará...
sábado, 23 de julio de 2011
Ficción nº 1
Esa tarde no debería haber estado allí. Es lo que me digo ahora, una vez que ya no tiene remedio, cuando ya no puedo modelar mi destino. No debería haber estado allí, me repito cada día.
Ya cuando desperté esa mañana tuve la sensación, una especie de intuición en realidad, de que algo inusual iba a ocurrirme. A partir de aquí -me dije- has de tener una precaución especial, todos los sentidos activados por lo que pueda venirte encima. Pero con el paso de las horas toda esa prevención fue desapareciendo, fui relajándome y dejándome llevar por la inercia de una jornada más. Igual que las anteriores. Como todas.
A eso de las seis de la tarde y mientras caminaba por el Paseo de los Tristes según mi costumbre, se produjo el encontronazo. Ella era una antigua compañera de la universidad, nunca fue amiga mía; conocida sería la palabra si no resultase tan abstracta, tan fría. Después de los saludos de rigor, de que ella me dijese alguna generalidad, después de decirle yo un par de banalidades, se puso a llorar. Y lloró, no con esas lágrimas amargas y tranquilas producidas por un dolor sordo, no, lloró como un bebé desconsolado, sin ningún tipo de pudor. No se me ocurrió otra cosa para salir del paso que ofrecerle refugio momentáneo en el bar más cercano, la gente se quedaba mirando y a mí me daba cierto apuro lo que pudiesen pensar. Creía que me verían como a un novio o esposo que acaba de decirle a esa mujer que todo ha terminado y, en vez de ofrecerle una salida a ella, me la ofrecí a mí mismo.
Ella aceptó la invitación y también aceptó mi brazo, se agarró a mí y se calmó.
Una vez dentro del bar y después de dar cuenta de dos cervezas me pidió perdón por su pérdida de control y me contó el motivo de su desconsuelo. He de reconocer que me quedé helado ante la magnitud de su tragedia, ante el abismo que se abría a sus pies, ante la dificultad de solucionar semejante asunto; de tal forma que no ví más opción que ofrecerle mi ayuda. No tuve más remedio. Ella aceptó y me pidió, sobre todas las cosas, que no revelase sus confidencias. Y así he de hacerlo, aunque me cueste.
Hoy la he visto en el mismo bar, su secreto me persigue y yo intento escapar de aquella tarde con todas mis fuerzas.
Sé que es en vano.
Continuará...
Ya cuando desperté esa mañana tuve la sensación, una especie de intuición en realidad, de que algo inusual iba a ocurrirme. A partir de aquí -me dije- has de tener una precaución especial, todos los sentidos activados por lo que pueda venirte encima. Pero con el paso de las horas toda esa prevención fue desapareciendo, fui relajándome y dejándome llevar por la inercia de una jornada más. Igual que las anteriores. Como todas.
A eso de las seis de la tarde y mientras caminaba por el Paseo de los Tristes según mi costumbre, se produjo el encontronazo. Ella era una antigua compañera de la universidad, nunca fue amiga mía; conocida sería la palabra si no resultase tan abstracta, tan fría. Después de los saludos de rigor, de que ella me dijese alguna generalidad, después de decirle yo un par de banalidades, se puso a llorar. Y lloró, no con esas lágrimas amargas y tranquilas producidas por un dolor sordo, no, lloró como un bebé desconsolado, sin ningún tipo de pudor. No se me ocurrió otra cosa para salir del paso que ofrecerle refugio momentáneo en el bar más cercano, la gente se quedaba mirando y a mí me daba cierto apuro lo que pudiesen pensar. Creía que me verían como a un novio o esposo que acaba de decirle a esa mujer que todo ha terminado y, en vez de ofrecerle una salida a ella, me la ofrecí a mí mismo.
Ella aceptó la invitación y también aceptó mi brazo, se agarró a mí y se calmó.
Una vez dentro del bar y después de dar cuenta de dos cervezas me pidió perdón por su pérdida de control y me contó el motivo de su desconsuelo. He de reconocer que me quedé helado ante la magnitud de su tragedia, ante el abismo que se abría a sus pies, ante la dificultad de solucionar semejante asunto; de tal forma que no ví más opción que ofrecerle mi ayuda. No tuve más remedio. Ella aceptó y me pidió, sobre todas las cosas, que no revelase sus confidencias. Y así he de hacerlo, aunque me cueste.
Hoy la he visto en el mismo bar, su secreto me persigue y yo intento escapar de aquella tarde con todas mis fuerzas.
Sé que es en vano.
Continuará...
sábado, 16 de julio de 2011
¿Quién quiere ser feliz?
La felicidad, esa quimera. Todo el mundo quiere atraparla y nadie sabe donde mora. Alguna vez se la ha visto acompañada de corrientes mortales pero dicen, los que de esto entienden, que la relación fue fugaz.
Cada persona persigue la felicidad a su modo: unos según un plan previamente establecido, otros guiados por el instinto, algunos sin darse cuenta, otros acumulando objetos y propiedades e incluso hay gente que pretende ser feliz jodiendo a todos los anteriores. No parece que haya unidad de criterios.
Epicuro de Samos, filósofo griego probablemente ya fallecido, tuvo gran parte de culpa del nacimiento del epicureismo, corriente filosófica que se puede considerar como una variación del hedonismo y entre cuyas principales aportaciones a la historia del pensamiento figura el término ataraxia. ¿A qué aludían aquellos barbados griegos con este palabro? Aproximadamente sería la tranquilidad de ánimo derivada de la disminución de la intensidad de nuestras pasiones y deseos, así como una cierta indiferencia ante las adversidades. Ejercitándose en su práctica se conseguiría la felicidad que es, ni más ni menos, la finalidad de la vida.
El no tener aspiraciones desmesuradas, no comer o beber más de lo necesario, disminuir las pasiones sexuales, afrontar los reveses de la vida con entereza y ponerlos en su justo contexto, relativizándolos, no anticipar los problemas que no sabemos si llegarán a ser tales; son algunas de las cosas que harían que la vida se nos presentase como un mar sin una brizna de viento, totalmente en calma y, según los epicureos, nos llevaría a ese equilibrio emocional que ellos identifican con la felicidad.
Para algunos esa "tranquilidad" se aproximará a vivir en la Arcadia feliz, para otros no. Mi creencia, si es que a alguien le importa, es que los tiros pueden ir por ahí, esta puede ser la clave de una existencia razonablemente llevadera y plácida. Conseguirlo, por supuesto, no es nada sencillo y solo a base de voluntad y perseverancia se llega a tal estado. Por poner un ejemplo: quién esto suscribe es absolutamente incapaz de cumplir ni uno solo de los preceptos anteriores.
Así me luce el pelo.
Continuará...
Cada persona persigue la felicidad a su modo: unos según un plan previamente establecido, otros guiados por el instinto, algunos sin darse cuenta, otros acumulando objetos y propiedades e incluso hay gente que pretende ser feliz jodiendo a todos los anteriores. No parece que haya unidad de criterios.
Epicuro de Samos, filósofo griego probablemente ya fallecido, tuvo gran parte de culpa del nacimiento del epicureismo, corriente filosófica que se puede considerar como una variación del hedonismo y entre cuyas principales aportaciones a la historia del pensamiento figura el término ataraxia. ¿A qué aludían aquellos barbados griegos con este palabro? Aproximadamente sería la tranquilidad de ánimo derivada de la disminución de la intensidad de nuestras pasiones y deseos, así como una cierta indiferencia ante las adversidades. Ejercitándose en su práctica se conseguiría la felicidad que es, ni más ni menos, la finalidad de la vida.
El no tener aspiraciones desmesuradas, no comer o beber más de lo necesario, disminuir las pasiones sexuales, afrontar los reveses de la vida con entereza y ponerlos en su justo contexto, relativizándolos, no anticipar los problemas que no sabemos si llegarán a ser tales; son algunas de las cosas que harían que la vida se nos presentase como un mar sin una brizna de viento, totalmente en calma y, según los epicureos, nos llevaría a ese equilibrio emocional que ellos identifican con la felicidad.
Para algunos esa "tranquilidad" se aproximará a vivir en la Arcadia feliz, para otros no. Mi creencia, si es que a alguien le importa, es que los tiros pueden ir por ahí, esta puede ser la clave de una existencia razonablemente llevadera y plácida. Conseguirlo, por supuesto, no es nada sencillo y solo a base de voluntad y perseverancia se llega a tal estado. Por poner un ejemplo: quién esto suscribe es absolutamente incapaz de cumplir ni uno solo de los preceptos anteriores.
Así me luce el pelo.
Continuará...
Suscribirse a:
Entradas (Atom)